EL DEBER DE SER FELIZ

Mente
Omraam Mikhaël Aïvanhov
Maestro de la Fraternidad Blanca Universal

FRANCIA

 

 

Desde el momento en que han venido a la tierra, comen, duermen, se pasean, van de un lado para otro, tienen hijos y piensan que automáticamente deben ser felices. Pero los animales realizan más o menos las mismas actividades. Entonces no basta estar en el mundo para ser feliz. Para lograrlo, hay que hacer cierto número de cosas… ¡y no hacer otras! La felicidad es un don que se debe cultivar. En la medida que no se cultiva, no se obtiene nada.

 

Si queréis la felicidad, no os quedéis sin hacer nada: id en busca de los elementos que os permitirán alimentarla. Esos elementos pertenecen al mundo divino y, cuando los hayáis encontrado, amaréis a todo el mundo y seréis amados, poseeréis una mejor comprensión de las cosas y al fin tendréis el poder de actuar y de realizar.

Sed los dueños de vuestra felicidad

 

¿Por qué es tan difícil la felicidad? Porque la esperamos. Observaos y veréis: esperáis encontrar el gran amor, esperáis encontrar el éxito, esperáis la fortuna, la gloria, y si no vienen, os sentís desgraciados. Algunos incluso van a consultar a clarividentes, a astrólogos que les dicen: "Pues sí, el amor vendrá, el éxito llegará. Dentro de seis meses, de un año, cuando tenga lugar determinado tránsito de planetas, o tal conjunción, ya veréis, todo cambiará". Y de este modo, se tranquilizan, recobran la esperanza y siguen aguardando.

 

Pues bien, la felicidad no es algo que dependa del exterior. La felicidad es un estado de conciencia que depende de nuestra correcta comprensión de las cosas. No hay que imaginarse que hemos venido a la tierra para vivir rodeados de facilidades, de placeres, y en la abundancia. Hemos venido a la tierra para aprender y para perfeccionarnos. Pero, ¿cómo perfeccionarnos sin tener cada día nuevos problemas que resolver? Es necesario que esto quede bien claro: la tierra es una escuela y, como en todas las escuelas, tan solo aquellos que aprenden y progresan pueden ser felices. Así pues, no esperéis que la felicidad os llegue del exterior bajo la forma de encuentros o de condiciones favorables. La felicidad real, definitiva, solo puede venir de nosotros mismos, de nuestra manera de considerar las cosas.

 

Haced una comprobación: interrogad a las personas que poseen algunas de las ventajas materiales con las que vosotros tanto soñáis, y os confesarán que no son tan felices. Y si lo son, se debe a que ya poseen en su corazón y en su alma elementos que les permiten apreciar su situación y, por lo tanto, se sentirían igualmente felices en situaciones no tan envidiables. Por otra parte, muchas veces hemos podido constatar que no todos aquellos que se encuentran en una misma situación reaccionan de la misma forma.

 

Tomemos un ejemplo totalmente banal de la vida cotidiana: un embotellamiento. Observad la reacción de los automovilistas: uno se pone nervioso, toca el claxon e injuria a sus vecinos; otro, lee el periódico o escucha la radio; otro, charla con su acompañante, o la abraza si es su amada. Por último, otro -aunque mucho más raro- aprovecha este momento de espera para relajarse, armonizarse, concentrarse en sí mismo, unirse al Cielo y proyectar su amor y su luz a todos los seres de la tierra.

 

Lo mismo ocurre en la mayoría de las circunstancias de la vida. Es, pues, en nuestra cabeza donde hay que hacer los reajustes. Nuestro pensamiento es el que actúa sobre nuestros estados de conciencia. Con un buen razonamiento, con una buena filosofía, podemos llegar a ser los dueños de nuestra felicidad. Y así, mientras los demás se enfadan, consumen y corrompen a cuantos están a su alrededor, vosotros, por el contrario, os fortalecéis, os enriquecéis y gracias a vuestras experiencias podréis después ayudar a los que os rodean con vuestros consejos, con vuestra actitud, con vuestra irradiación, e incluso, a veces, con vuestra sola presencia: con la fuerza, la luz y la paz que emanarán de vosotros.

 

Que quede pues muy claro: no esperéis pasivamente que la felicidad os llegue del exterior: Por el contrario, sois vosotros los que debéis actuar y aplicar los métodos que os permitirán transformar las penas en alegrías, los fracasos en éxitos.

 

 

Las pruebas de la vida: un reto que debemos aceptar

¿Qué es lo que obliga a los alpinistas a emprender la ascensión hacia las cimas más elevadas y de más difícil acceso? ¿Qué es lo que obliga a los deportistas a nadar, a correr, a conducir cada vez más deprisa? ¿Qué es lo que obliga a los jugadores de ajedrez a reflexionar durante horas enteras antes de mover un peón de su tablero? Nada. Son ellos mismos los que se imponen estos esfuerzos, estos problemas, estas proezas. Y, ¡qué alegría para ellos, cada vez que consiguen una victoria!

 

¡Cuántas actividades, juegos y desafíos de todo tipo han inventado los humanos! Esto demuestra que en lo más profundo de ellos mismos sienten la necesidad de ir cada vez más lejos, más deprisa, más alto, superarse, sobrepasarse. ¿Por qué no piensan, pues, que deberían aplicar también en la vida cotidiana estas cualidades de resistencia, de destreza o de inteligencia de las que deben dar muestra cuando se trata de juegos o de competiciones? ¿Por qué, entonces, se quejan siempre de que deben esforzarse continuamente?

 

Y puesto que los juegos son una imagen de los problemas que encontramos en la vida, ¿por qué no tomamos estos problemas como juegos? En lugar de sentiros agobiados, irritados ante la menor dificultad, decid: "Ahí tengo una nueva ocasión para ejerci-tarme, veamos cómo podré conseguirlo". Estudiad bien la clase de prueba que debéis afrontar y desafiaros vosotros mismos. Por ejemplo: "No dejaré de andar hasta llegar al final... Soportaré pacientemente esta carga... Me liberaré de este obstáculo... Navegaré en este mar embravecido y no me hundiré... Voy a abandonar la región del polvo y de las nubes, para alcanzar la más alta cima en donde respiraré el aire puro y siempre veré el sol..." Sí, podéis provocaros este tipo de retos de vez en cuando en vosotros mismos, como lo hacen los deportistas, y veréis cómo soportaréis más fácilmente las pruebas de la vida.

 

Así pues, debéis comprenderlo bien: la felicidad no consiste en vivir sin pruebas, sin obstáculos, sin sufrimientos. Esto son ilusiones, ¡fantasmagorías! La felicidad consiste en ser capaz de superar las pruebas sin capitular, enriqueciéndose y fortaleciéndose con ello. Efectivamente, para alcanzar la felicidad, debéis salir victoriosos de vuestras pruebas.

 

 

Revivid los momentos de felicidad

Vais a un concierto y oís, supongamos, una sinfonía de Beethoven o una Misa de Mozart que os eleva. Habréis vivido durante este tiempo momentos sublimes y, de vuelta a vuestra casa, pensáis que os gustaría volver a oír esa misma música para poder sumergiros en la misma atmósfera y revivir las mismas maravillosas sensaciones. ¿Qué hacéis entonces? Sabéis que esta música está grabada. Vais entonces a comprar el disco, y cuando lo tenéis, podéis escucharlo tantas veces como queráis; forma parte de vuestra discoteca.

 

Pues bien, sabed que también existe una discoteca en nosotros mismos. Sí, el menor acontecimiento que vivimos durante nuestra existencia queda grabado en nosotros. En psicología, estas grabaciones reciben el nombre de memoria o de subconsciente. Poco importa el nombre que se les dé, lo esencial es saber utilizarlas. Cuando consigáis vivir un segundo divino, la eternidad ya se ha deslizado en este segundo. Habéis impreso un cliché, y este cliché vivirá eternamente, permanece ahí, imborrable en vosotros.

 

Por lo tanto, cuando os sintáis indispuestos, trastornados, en el vacío, entrad en vuestra discoteca interior y esforzaos por reencontrar esos estados de conciencia maravillosos gracias a los cuales, por lo menos durante algunos segundos, comprendisteis que la existencia puede ser luz, paz, belleza, amor, plenitud. Incluso si de momento os encontráis en una situación y estado de ánimo muy alejados de esos momentos felices, como estos aún permanecen en vosotros, podéis recuperarlos y sentiros invadidos por sus vibraciones benéficas.

 

Desconocéis las inusitadas posibilidades que poseéis, y esta ignorancia es la que os impide comprender, avanzar, crear. Lo tenéis todo dentro de vosotros, pero no laboráis porque nadie os ha revelado vuestras posibilidades. Y así, el tiempo pasa, la vida se va y no habéis se hecho nada.

 

Incluso la criatura más desgraciada, la más desprovista, ha tenido en su vida algunos momentos de felicidad que puede recordar para neutralizar los pensamientos y los sentimientos que le agobian. ¿Por qué recordar continuamente sus decepciones, sus penas? La ignorancia, siempre la ignorancia... Observaros y constataréis que no os esforzáis demasiado para revivir los momentos felices que habéis tenido. Por el contrario, ¡con qué facilidad retenéis los recuerdos penosos y dolorosos! ¿Por qué? ¿De qué sirve? Es ya el momento de aprender a laborar con los elementos positivos.

 

En vuestra familia, con vuestros amigos, ¿no habéis vivido momentos felices?... Y con libros, con obras de arte, con música...o frente a algunos espectáculos de la naturaleza...Entonces, rememo-rad esos momentos, aunque solo sean tres, cuatro, o tan solo uno de ellos... Recordadlos a menudo...

 

Recordad el lugar, las circunstancias, las personas, concentraos para recobrar los mismos pensamientos, los mismos sentimientos, las mismas sensaciones. Poco a poco tendréis la impresión de vivir de nuevo estos estados, con la misma intensidad, como si los estuvierais viviendo realmente. Lo esencial no es lo que ocurre objetivamente, en el exterior, sino lo que sentís interiormente.

 

Rememorad desde ahora todos los momentos en los que habéis comprendido y sentido que la vida era bella y que tenía un sentido. Que todos estos momentos estén ahí a vuestra disposición para el día en que los necesitéis. Incluso procurad saber elegir el recuerdo ya que según las circunstancias, al igual que una música es más apropiada que otra, este puede ser más benéfico que otro.

 

Y cuando hayáis recopilado estos momentos, rememoradlos a menudo. Así los amplificaréis, los vivificaréis y, contrariamente a lo que ocurre con los discos comerciales que acaban deteriorándose por el uso, cuanto más utilicéis esos otros discos grabados en vuestro corazón, en vuestra alma, más sólidos y resistentes se volverán. Además, rige la misma ley tanto si son benéficos como nocivos: cuanto más los utilicéis más resistentes se volverán.

 

¿Lo habéis comprendido? Cuando os sintáis desgraciados, desmoralizados, siempre es posible recordar aquellos minutos en los que sentisteis la realidad de la vida divina.

 

Recordad, siempre habréis vivido algún día en vuestra vida en el que sentisteis una voz magnífica cantar melodías celestiales. Entrad en vuestra discoteca interior, poned el disco en vuestro aparato; os sentiréis de nuevo cautivados, atrapados por su encanto... Poco a poco os recuperaréis y seguiréis vuestro camino llenos de esperanza.

 

Extraído del libro “El deber de ser feliz”

Omraam Mikhael Aivanhov

Publicado por el Portal Bien de Salud con autorización de Ediciones Prosveta

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