FIESTA DE NAVIDAD Parte I

Mente
Omraam Mikhaël Aïvanhov
Maestro de la Fraternidad Blanca Universal

FRANCIA

 

Lo mismo que el nacimiento de un niño contiene toda la esperanza de la vida, el nacimiento de Cristo cada año en el universo es la esperanza de que Dios no ha abandonado a los seres humanos.

 

Cada año, el 25 de diciembre, a medianoche, la constelación de Virgo asciende en el horizonte; por eso se dice que Jesús nació de la Virgen. En el punto opuesto aparece Piscis, y en medio del Cielo se puede ver la magnífica constelación de Orión en cuyo centro se alinean las tres estrellas que, según la tradición popular, representan a los tres Reyes Magos.

 

Lo que nos interesa es que en esta fecha tiene lugar en la naturaleza el nacimiento del principio Crístico, de esta luz y de este calor que van a transformarlo todo. Durante este período, en el Cielo también se celebra esta fiesta, los Ángeles cantan y todos los Santos, los grandes Maestros y los Iniciados se reúnen para orar, para dar gloria al Eterno y festejar el nacimiento de Cristo, que nace realmente en el universo.

 

Y durante este tiempo, en la tierra, ¿dónde está la gente? En los cabarets, las discotecas y los clubs nocturnos, en donde comen, beben y están de juerga para festejar el nacimiento de Jesús... ¡Qué mentalidad! Y lo más extraordinario es que hasta las personas más inteligentes encuentran que es normal celebrar la Navidad de esta forma. En vez de ser consciente de la importancia de un acontecimiento que no se produce más que una vez cada año, cuando toda la naturaleza está atenta para preparar la nueva vida, el ser humano tiene la cabeza en otra parte. Por eso no recibe nada: al contrario, pierde la gracia y el amor del Cielo. Porque, ¿qué creéis que puede dar el Cielo a un ser que permanece insensible a estas corrientes divinas? El discípulo, en cambio, se prepara: sabe que en la noche de Navidad, Cristo nace en el mundo en forma de luz, de calor y de vida, y prepara las condiciones convenientes para que este Niño divino nazca también en él.

 

Hace dos mil años Jesús nació en Palestina, pero eso no es más que el aspecto histórico de la Navidad, y el aspecto histórico, ¿sabéis?, es secundario para los Iniciados. Porque, además de ser un acontecimiento histórico, el nacimiento de Cristo es un acontecimiento cósmico: es la primera manifestación de vida en la naturaleza, el principio de todas las manifestaciones. Luego, este nacimiento es un acontecimiento místico, es decir, que Cristo debe nacer en cada alma humana como principio de luz y de amor divino. Eso es el nacimiento de Jesús, y en tanto el ser humano no posea la luz y el amor, el Niño Jesús no puede nacer en él. Puede celebrarlo, puede esperarlo..., pero nada va a ocurrir.

 

Jesús nació hace dos mil años, así que, para conmemorarlo, vamos a la iglesia, cantamos que Jesús vino para salvarnos, y. puesto que estamos salvados, ¿verdad?, podemos seguir cometiendo errores, bebiendo y comiendo: estamos tranquilos para toda la eternidad. Así es como los humanos comprenden el nacimiento de Jesús. Pero pocos piensan en laborar, en estudiar, en hacer esfuerzos para que Jesús nazca interiormente en cada alma, en cada espíritu. Si basta con que Jesús haya venido a la tierra hace dos mil años, ¿Por qué el Reino de Dios todavía no ha llegado? Las guerras, las miserias, las enfermedades, todo eso debería haber desaparecido...

 

Podéis releer la historia del nacimiento de Jesús tan a menudo como queráis, y cantar: «Ha nacido el divino Niño»; pero de nada os servirá si Cristo no nace en vosotros. Lo que ahora hace falta es que cada uno tenga el deseo de hacerlo nacer en su alma para llegar a ser como él, a fin de que la tierra está poblada de Cristos. Esto es, además, lo que pedía Jesús cuando decía: «En verdad, en verdad os digo que aquél que crea en mí hará, también él, las obras que yo hago. Y aún más grandes». Pues bien, ¿dónde están esas obras, más grandes que las de Jesús?...

 

Es muy importante prepararse con mucha anticipación para esta fiesta de Navidad, a fin de comprender todo su significado. ¿Qué significa, por ejemplo, el nacimiento de Jesús en un pesebre entre un asno y un buey? ¿Y los pastores? ¿Y los Reyes Magos? Diréis: “¡Pero todo el mundo lo sabe!” Veremos si se sabe o no, y cómo se sabe... De todos los evange- listas, san Lucas es el que da más detalles sobre este acontecimiento; los demás apenas lo mencionan e incluso empiezan cuando Jesús se fue a orillas del Jordán a recibir el bautismo de manos de san Juan Bautista. Os leeré pues, ahora, el relato del nacimiento de Jesús en el Evangelio de san Lucas.

 

«En aquel tiempo se publicó un edicto de César Augusto que ordenaba el empadronamiento de todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo Quirino gobernador de Siria. E iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. José fue desde Galilea, desde la ciudad de Nazaret, hasta Judea, hasta la ciudad de David llamada Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Estando allí, se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón».

 

«Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche se turnaban velando su rebaño. Se les apareció un Ángel del Señor, y la gloria del Señor les envolvió con su luz, quedando sobrecogidos de gran temor. Pero el ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría que será la de todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador que es el Cristo, el Señor. Esto os servirá de señal; encontraréis un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Al instante se unió al Ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que El ama!».

 

« Así que los ángeles se fueron al Cielo, se dijeron los pastores entre sí: «Vamos pues a Belén y veamos lo que ha acontecido y lo que el Señor nos ha anunciado». Fueron, pues, con presteza, y encontraron a María, a José y al niño recién nacido acostado en un pesebre. Y habiéndole visto, contaron lo que se les había dicho acerca de este niño; y cuantos les oían se maravillaban de lo que decían. María conservaba cuidadosamente estos recuerdos y los meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho».

 

«Cuando se hubieron cumplido los ocho días circuncidaron al niño, y le dieron el nombre de Jesús, tal como había indicado el ángel antes de su concepción».

 

«Cuando llegó el día en que, según la ley de Moisés, debía tener lugar la purificación, lo llevaron a Jerusalén para presentarle al Señor, según está escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para ofrecer en sacrificio, según lo prescrito en la ley del Señor, un par de tórtolas o de pichones. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre era justo y piadoso; esperaba la consolación de Israel y el Espíritu Santo habitaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu vino al Templo, y al entrar los padres con el niño Jesús para cumplir las prescripciones de la Ley a su respecto, lo tomó en sus brazos y, bendiciendo a Dios, dijo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar ir a tu siervo en paz; porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminar las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

 

Ciertamente habéis oído leer varias veces este relato. Muchos de los detalles que contiene en simbólicos. Hay también dos pasajes muy misteriosos ¿Por qué se dice; «María conservaba cuidadosamente estos recuerdos y los meditaba en su corazón»? Había, pues, algo que no podía decir. De tratarse de lo que había oído decir a los pastores, habría podido hablar de ello puesto que éstos lo contaban a todo el mundo. Era pues, otra cosa lo que conservaba preciosamente en su alma, algo sagrado. Y, ¿quién era Simeón? Se dice que el Espíritu Santo habitaba en él; era, pues, muy puro.

 

Ahora veréis si habéis comprendido verdaderamente este capítulo. En primer lugar, ¿quiénes eran María y José? Si fueron escogidos para ser los padres de Jesús, es que estaban muy preparados para ello: para ser dignos de recibir a Jesús, el Salvador de la humanidad, en su familia, habrían hecho, ciertamente, una gran labor espiritual en sus vidas anteriores; eran excepcionales, estaban predestinados. Ya desde muy joven, María se había consagrado, había ido al Templo para ser sierva del Señor. Se había, pues, purificado y había hecho los más grandes sacrificios para ser digna de recibir en su seno a un espíritu tan poderoso y elevado como Cristo. La gente no piensa en estas cosas. Cree que a Dios todo le es posible, que hace todo lo que le viene en gana, incluso las cosas más inverosímiles, y que puede, por tanto, escoger a uno cualquiera para la más alta misión. No, también en este terreno hay una justicia, unas reglas, unas leyes. El Señor es quien ha hecho las leyes y, por lo tanto, no va a ser El quien las quebrante.

 

 

Artículo editado por Bien de Salud del capítulo I del libro:

Navidad y Pascua en la tradición iniciática

Omraam Mikhaël Aïvanhov

Colección Izvor

Con la autorización de Editorial Prosveta www.prosveta.com

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