LOS PELIGROS DE CONSENTIR A LOS NIÑOS

Mente

 

 

Juan es un niño de 10 años y cursa el quinto grado de primaria en un colegio de alto prestigio. Durante casi toda su historia escolar ha presentado distintos problemas conductuales como impulsividad, ansiedad, conflictos interpersonales y poca tolerancia a la frustración. En casa se muestra irreverente y sus padres no entienden bien el porqué. Siempre ha sido un niño muy mimado, se le ha dado todo lo que ha pedido. La directora del centro educativo se reúne con los padres de Juan y les explica que esta es justamente la causa de gran parte de los problemas que presenta el menor. ¿Cómo es esto posible?

 

Niños demasiado consentidos

En la actualidad, se aprecia una creciente tendencia a consentir excesivamente todas las demandas de los hijos.

 

Los progenitores suelen pensar que lo que solicitan sus hijos es insignificante y que satisfacer todos sus caprichos no tendrá ninguna consecuencia negativa en su desarrollo como personas. Nada más alejado de la realidad. Los expertos en psicología informan que no frustrar a los hijos es malcriarlos.

 

Causas

Ningún padre desea frustrar a sus hijos, y si a esto le agregamos la falta de tiempo que pasa en casa, obtenemos una mala combinación. Los padres están tan ausentes debido a sus empleos y otras responsabilidades, que tienden a compensar este vacío dando todo lo que sus hijos les solicitan. Quizás sea inconscientemente, pero se trata de los sentimientos de culpa que se generan por esta carencia de presencia en el hogar.

 

Además, ya que están poco tiempo juntos, lo óptimo es que sea en circunstancias tranquilas; por este motivo, los padres “creen” que es mejor darles todo lo que quieren y así se evitan problemas mayores.

 

Puede darse el caso de que los padres estén separados y quizás los niños suelan pasar mucho tiempo con los abuelos, quienes también tienden a consentir en gran medida a sus nietos.

 

Finalmente, también puede ocurrir que algunos progenitores tengan el deseo de darles a sus hijos todo aquello que ellos no pudieron tener sin medir las consecuencias de este comportamiento.

 

Consecuencias

La costumbre de dar desmedidamente tiene efectos en el desarrollo emocional de los niños. Al no haberse enfrentado nunca a la frustración, simplemente no sabrán cómo hacerlo y, cuando sea el momento, no tendrán los recursos necesarios para asumir determinadas situaciones en su vida.

 

Asimismo, no aprenderán a darle un valor real al esfuerzo. Estarán propensos a creer que son merecedores de todo por el simple hecho de desearlo. Esto puede traerles serias consecuencias en sus relaciones interpersonales, pues podrían asumir posturas demandantes e intransigentes hacia los demás.

 

Por otro lado, se creará un círculo vicioso. Al ver que sus demandas son fácilmente atendidas, creerán que siempre que lo hagan se saldrán con la suya. Esto solo producirá que los pedidos aumenten en frecuencia e intensidad, y desaten rabietas y explosiones de ira cada vez que no logren sus objetivos.

 

Finalmente, les estarán quitando a sus hijos la capacidad de decidir. Imaginemos que un niño quiere dos o tres juguetes y el padre los compra inmediatamente. Es un grave error. Se le puede dar a elegir uno. ¿Qué lograremos con ello? Enseñarles a tomar decisiones. Y una decisión difícil de tomar es también la renuncia, pues implica ser valientes. ¿Qué mejor momento para entrenar esta capacidad que durante la niñez?

 

¿Qué se puede hacer?

Frente a niños demandantes, se recomienda brindar calidad más que cantidad. Criar hijos es una gran responsabilidad y una labor complicada y de sacrificio. Puede resultar incómodo y doloroso frustrar sus deseos, pero es por su bienestar futuro. En lugar de llenarlos de objetos, concentrémonos más en pasar el poco tiempo que se dispone de la mejor manera posible, demostrando afecto genuino y ganando su confianza.

 

Si piden una gran cantidad de cosas, es importante darles a elegir. Después se puede adquirir aquello que no eligieron si tenemos los medios para hacerlo, pero vamos a ayudarles a ejercitar una capacidad básica en la vida adulta: la paciencia.

 

Finalmente, ante las rabietas se sugiere lo siguiente:

 

No amenazarlo. Con cariño y dulzura se le puede enseñar lo que pretendemos.

 

No razonar en ese momento.

 

Mantenernos serenos.

 

No endurecer la cara manifestando nuestro enfado interno.

 

Marcar distancia física. Separarnos de su lado como si no nos interesara demasiado lo que hace, pero vigilando siempre su seguridad si esto ocurre en la calle o en un lugar público.

 

Establecer una distancia emocional. Decirle “no me gusta lo que haces y ahora no me apetece jugar contigo”. A los niños les afecta mucho la indiferencia, porque su gran temor es que los padres no les hagan caso.

 

Decirle que estamos enfadados por su comportamiento, no con él; y que cuando esté más tranquilo, se hablará de lo sucedido.

 

Al estar tranquilos es conveniente transmitirle que estamos tristes, para que sea consciente de que tenemos sentimientos y aprenda que existen emociones que nos afectan.

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