NO HAY FELICIDAD PARA LOS EGOÍSTAS

Mente
Omraam Mikhaël Aïvanhov
Maestro de la Fraternidad Blanca Universal

FRANCIA

 

 

Pongamos una imagen: pasan por un camino donde hay un vidrio roto; lo ven, pero no lo quitan, diciéndose: “Al fin y al cabo no es a mí a quien se le ha caído; por tanto ya vendrán otros a recogerlo”. Pero he aquí que el destino los hace volver a pasar por el mismo camino: es de noche, no prestan atención y se hieren; entonces, evidentemente exclamarán: “Pero, ¿quién ha sido el idiota, el criminal que ha tirado esos trozos de vidrio?” Pues bien, ya no es el momento de hacerse esa pregunta. Tendrían que haberlos recogido la primera vez que pasaron por allí.

 

Quienes no piensan en los demás se creen inteligentes, pero siempre les ocurre algo que no habían previsto, lo cual prueba que no son tan inteligentes. Porque la inteligencia es también la facultad de proyectarse en el futuro para ver las consecuencias de sus actos…o de la omisión de sus actos. Si no nos comportamos correctamente con los demás, nos preparamos un mal futuro para nosotros mismos.

 

Por lo tanto, el hecho de no pensar en los demás no es solamente una falta de amor sino también una falta de inteligencia. Y eso no es todo. Cuando no se tiene suficiente amor para sentir lo que hay que hacer por los demás, ni suficiente inteligencia para verlo, cuando uno se deja llevar por las cosas, cuando no se hace ni un solo gesto por remediar la situación de los demás, he ahí lo que pasa: falta de voluntad. Entonces se dan cuenta. Cuando faltan tres cosas tan capitales como la inteligencia que prevé, el amor que desea mejorarlo todo y la voluntad capaz de afrontar las dificultades, ¿qué éxito puede esperarse en la vida?

 

Y, lo que es más extraordinario, estas mismas personas son siempre las primeras en quejarse de que les falta eso, de que se les debe aquello, de que no se les ama, de que no se piensa en ellas, de que los demás son malintencionados…Pero, ¿por qué no se dan cuenta de que, con su egoísmo y sus exigencias injustificadas, no hacen más que desanimar a todos los que están a su alrededor? Y esas personas tienen la necesidad de ser ayudadas, sostenidas, socorridas…Pues bien que empiecen a pensar un poco menos en ellas mismas y un poco más en los demás. No es dejándose llevar por el egoísmo que serán más felices.

 

Todos aquellos que solo piensan en aprovecharse de todo, en ser el centro del universo, imaginándose que el mundo entero debe girar a su alrededor, servirlos e inclinarse ante ellos como si fueran príncipes o princesas, se preparan a una existencia de decepciones y de sufrimientos. Para ser feliz, hay que convertirse en servidor.

 

¿Es exigir demasiado pedirles una vez más que laboren para engrandecer su conciencia? Olvídense un poco de todo lo que les falta. Cuando se tiene la posibilidad de abrazar el universo entero mediante el pensamiento, de comunicarse con todas las entidades luminosas que lo pueblan, ¿cómo es posible sentirse solo, indefenso o humillado? ¿Qué más necesitan para comprender que son ricos, que están colmados de bienes y que pueden ayudar a los demás? Aprendan a ser generosos, den vuestras riquezas, incluso sus riquezas materiales, si pueden. Sino, vivirán siempre con el miedo a perderlas y acabarán olvidando que hay personas que son desgraciadas y que tienen necesidades. ¡Vayan y distribuyan! Ya no temerán que les roben y, al mismo tiempo, su gesto será registrado en lo alto del Cielo y un día lo encontrarán ampliado. Pero, ¿cómo puede explicarse todo esto a los humanos? Son tan egoístas y están tan hambrientos de riquezas y honores que quieren acapararlo todo. La idea de hacer felices a los demás no les viene nunca al pensamiento. Y por esta razón ellos mismos jamás son felices.

 

No se puede ser feliz cuando se tiene un campo de visión demasiado limitado. Y por esto el egoísta no puede ser feliz, porque su alma está limitada. Para ser feliz, hay que extenderse hasta abrazar el mundo entero y solo el amor permite esta extensión. Quien tiene mucho amor se extiende, se dilata, abraza y vibra con el universo; todo se abre, no encuentra ya barreras y la felicidad no lo abandona jamás. El camino hacia la felicidad es el amor, sí, solo el amor, no la ciencia, ni siquiera la filosofía.

 

La ciencia, el conocimiento, no pueden aportarnos la felicidad; preparan el camino, orientan, iluminan, pero son incapaces de hacernos felices. Así lo comprendió Salomón cuando dijo: “Mucha sabiduría, mucho sufrimiento. Más saber, más pena”.

 

Quienes saben mucho no son felices, mientras que aquellos que tienen mucho corazón, aun cuando no sepan gran cosa, son ciertamente más felices. Dios ha puesto la felicidad en el corazón y no en el intelecto. Pero el corazón debe ser generoso; el Cielo y la tierra han jurado no dar jamás la felicidad al corazón egoísta. Me dirán: “Pero se conocen realmente personas que no laboran más que para sí mismos, para su enriquecimiento, su poder, su gloria, ¡y son felices!” Si, en apariencia. ¿Y cuánto tiempo? Eso es lo que hay que ver. Obtendrán quizá lo que quieren gracias a sus intrigas, pero en realidad no tendrán lo esencial: paz, alegría, plenitud. Incluso si no están privados materialmente de nada, internamente se sentirán igualmente vacíos.

 

El Cielo mira a quién sirven y, si sirven a su propio dios, a su egoísmo, a su naturaleza inferior, se aparta de ustedes. No distribuye su riqueza a las personas que piensan más que en vivir una vida deshonesta, de placer, de vida animal. Y entonces, ¿quién los ayudará, quien los salvará? ¿Su dinero? ¿Su gloria? ¿Su celebridad?

 

Para el Cielo existen solamente dos categorías de seres: Los que laboran únicamente para sus intereses, para satisfacer sus propios deseos, y los que se esfuerzan en ayudar a sus hermanos, para participar en la labor de millares y millares de entidades que hay en el mundo invisible y que se han dedicado firmemente a la realización del Reino de Dios sobre la tierra. Y estos últimos están inscritos en el gran Libro de la Vida como benefactores de la humanidad.

 

 

 

 

Extraído del libro “Las semillas de la felicidad”

Autor: Omraam Mikhaël Aïvanhov

Editado por Bien de Salud

con la autorización de Editorial Prosveta www.prosveta.com

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