SONRÍE SIEMPRE

Mente

 

Todos hemos tenido un día durante el cual nuestros deseos de continuar con las horas se pierden y desvanecen. Nos sentimos abatidos, lánguidos y, en muchas ocasiones, postrados y tristes. En innumerables oportunidades no hemos sido capaces de identificar la fuente de nuestro tormento, y ello nos ha impedido el poder suprimirla. Hemos escuchado que el proceso de convalecencia tarda días e incluso semanas. Nos han contado que mejorar implica un proceso arduo, en el que se sufre y también se aprende. Lo cierto es que de todo se puede aprender, tanto del dolor como de la alegría.

 

Este artículo es una guía para quienes alguna vez han tenido esos días de inactividad y escasos deseos para seguir con sus vidas. Si ese día los visita con frecuencia o si, por el contrario, temen que vuelva a presentarse, los pasos siguientes serán de gran ayuda. No necesariamente pueden funcionar con todos, pero lo que sí pueden hacer es funcionar como una guía a través de la cual cada quien pueda adaptar los procesos de convalecencia a sus propias necesidades, costumbres y realidades.

 

Es importante dejar en claro que no existen sufrimientos menores o mayores que otros. No existen “sufrimómetros”, cada quien sufre en la medida que es capaz de soportar.

 

Tomaremos como ejemplo un escenario trágico y familiar: usted acaba de perder a un hijo. Indudablemente, esto es fuente de gravísimo dolor, que requiere un proceso largo y paulatino de sanación. Pero ello no significa que no se pueda tener un día tranquilo. Y es que lo que más anhelamos son la paz y la tranquilidad, las cuales nos brindarán, más adelante, la posibilidad de recuperar nuestra felicidad.

 

* Primer paso: Sentimos el dolor de cerca y las ideas se aproximan. Nos sentimos miserables, el mundo pierde el brillo y todo es gris. Pienso: ¡hoy se tiene que acabar! ¡Quiero terminar el día de hoy! Estos pensamientos nos siguen. ¿Qué hacer? Lo primero es ocuparnos y concentrarnos en realizar alguna actividad. No pensemos en nada. Estamos en la cocina y pensamos en nuestro hijo fallecido: abandonemos el lugar, cojamos una hoja de papel y dibujemos algo. Lo que sea. Evitemos dibujar alguna imagen que nos llene de angustia. Dibujemos un animal, y tomémonos nuestro tiempo. Terminamos. Ahora tomemos otra hoja y dibujemos una planta. Tomamos nuestro tiempo y terminamos. Ahora de inmediato dibujemos una mariposa. Tomamos nuestro tiempo y terminamos. Tenemos tres dibujos. Los miramos bien. Quizá no son los mejores, pero mañana lo serán. Mañana voy a continuar dibujando. Porque cada día tengo que dibujar el animal, la planta y la mariposa hasta que sean tan perfectos como los pueda hacer.

 

* Segundo paso: Termino mis dibujos del día y respiro. Respiremos juntos. Inhalo una vez y exhalo. Con fuerza presionamos los puños y con lentitud inhalamos de nuevo. Exhalamos. Nuestros ojos tienen que cerrarse. Este es, después de todo, nuestro espacio. Repitamos el procedimiento hasta respirar diez veces. Lento, pero con fuerza. Recuperamos nuestra respiración normal.

 

* Tercer paso: Abrimos los ojos y observamos la piel de nuestras manos. Miramos nuestra piel, la tocamos: ¡existe! Estamos vivos. Vivimos en este momento que nos observamos las manos. Todavía estamos aquí. Nuestra fuerza sigue intacta, no se ha apagado. ¡Estamos vivos! Puede que estemos llorando, entonces nos limpiamos las lágrimas.

 

* Cuarto paso: Vamos hacia un espejo. Nos observamos en él. Pensemos que somos parte de todo lo que hay en este mundo. Y aunque formamos parte del todo, somos únicos aquí y ahora. Nos debemos un buen día por el privilegio de existir. Nos olvidamos de los comentarios del mundo exterior. Observemos nuestro rostro, nuestros ojos, nuestra nariz, nuestra boca, nuestras facciones, todo lo nuestro. Estamos vivos. ¡Estamos vivos!

 

* Quinto paso: Aplaudimos. Pero no aplaudimos sin entusiasmo y sin sentido. Este aplauso es personal, no necesita de mucha fuerza, pero sí necesita que venga acompañado de una sonrisa. Sonreímos, presionamos los puños y los movemos. Para arriba y para abajo en celebración, en señal de fuerza, de vigor, de aliento. Repetimos: ¡Vamos… vamos! Estoy aquí. Asentimos, tenemos razón. Estamos en este lugar y el espejo nos lo dice, no es un reflejo lo que observamos, somos nosotros , solos y con mucha fuerza para avanzar. Repetimos: ¡Vamos… vamos! Estoy vivo… Con mucha fuerza: ¡Estoy vivo!

 

* Sexto paso: Tomamos nuestras ropas más antiguas o cualquier prenda deportiva. No pensamos en nada más que en vestir el atuendo. De inmediato salimos de la casa y nos vamos a hacer deporte en el gimnasio o a correr. Y cuando lo hagamos, respiramos de vez en cuando con fuerza. Nos alejamos del dolor y, al menos por hoy, podemos sentir que disfrutamos de la vida.

 

* Séptimo paso: Repetimos todos los días, sin excepción, este procedimiento: dibujos, respirar, deporte; dibujos, respirar, deporte; dibujos, respirar, deporte… A esto le añadimos salir a pasear. Salir es vivir, vivir es disfrutar, y disfrutar es ser feliz. ¿Qué es ser feliz? Ser feliz es estar vivo. Y estar vivo es lo importante. El sufrimiento es cómplice del dolor y de la muerte y por eso debe estar subyugado por nuestra mente. El sufrimiento no es maestro de la vida, es su sirviente. Ayuda a que podamos encontrar modos de vivir mejor, ya que nuestro destino final es ser felices.

 

Espero que con estos siete pasos puedan olvidar por instantes algún sufrimiento que los aqueja, y a fuerza de practicarlos día a día, quizás con el tiempo podamos sonreír nuevamente, en especial a nosotros mismos. La risa es superior a las lágrimas, tratemos pues de ir dejando los vestigios de dolor para alcanzar la alegría.

 

Ser feliz es tan fácil y sencillo, que naturalmente resultará difícil de comprenderlo para la mayoría.

 

Tu bienestar es importante, porque hay una persona que lo necesita. Esa persona eres tú.

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