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Un nuevo estudio, desarrollando una variante del “test del espejo” que se centra en otros órganos sensoriales, ha demostrado que los perros también tienen conciencia propia. El nuevo test podría demostrar que otros animales también tienen esta conciencia, y pone de manifiesto la necesidad de dejar de lado la visión antropocéntrica en esta materia.

 

 

La discusión sobre las capacidades cognitivas de los animales siempre ha sido un foco de debate bastante controvertido en la biología. Una vez demostrada la capacidad de ciertas especies para crear representaciones mentales de los objetos, e incluso su consciencia acerca de sus conocimientos, tan solo quedaba en el aire la discusión acerca de las emociones y los sentimientos.

 

Ahora, el nuevo estudio de Roberto Cazzolla Gatti, de la Universidad Estatal de Tomsk, pone de parte de los activistas y los amantes de los animales más evidencias científicas de que muchas especies de animales son racionales en términos muy avanzados, concretamente, en el ámbito de la conciencia sobre el propio ser, uno de los aspectos más desarrollados de la razón según los expertos.

 

 

La prueba del espejo

Hasta ahora, para demostrar esta capacidad, los científicos utilizaban la llamada “prueba del espejo de auto-reconocimiento” (MSR, por sus siglas en inglés). El animal en cuestión (se ha aplicado mayormente a chimpancés) es colocado frente a un espejo, y se comprueba su reacción a una marca, un punto rojo, que se les ha pintado sin que se percaten de ello en una fase previa del experimento. La teoría es que, al no saber cuándo ni dónde se les ha pintado la marca (por estar distraídos o anestesiados), los sujetos del experimento solo se tocarían esta marca en su propio cuerpo tras verla en el espejo si se reconocieran a sí mismos en la figura reflejada; de ser así, serían capaces de tener conciencia propia y distinguirse del resto de individuos de la especie.

 

Tiempo atrás, esta prueba se aplicó a diversos animales, pero muy pocas especies la superaron: tan solo los seres humanos, los grandes simios (a excepción de los gorilas), las urracas eurasiáticas, algunas hormigas y delfines, y un único ejemplar de elefante asiático. Entre los que no pasaron la prueba había animales cuya inteligencia se considera avanzada, como distintas especies de monos, pandas gigantes, leones marinos, delfines, lobos, algunos pájaros y los propios perros.

 

Para Cazzolla, la clave está, en el caso de los perros, en que estos “son mucho menos perceptivos a estímulos sensibles en comparación con, por ejemplo, humanos y simios, y es probable que a eso se deba el fracaso en el test”, algo que sería aplicable a gran parte de las especies que no aprobaron la prueba.

 

 

Enfocando otros sentidos

Con esta premisa, el investigador desarrolló una nueva prueba para el llamado “mejor amigo del hombre”. Al ver que, sometidos al test del espejo, los perros se dedicaban a orinar a su alrededor y olerlo, decidió centrar las pruebas en el órgano sensorial olfativo.

 

El nuevo test era una versión modificada de “la prueba del espejo”, y se basaba precisamente en el comportamiento canino de olfatear la orina tanto propia como de sus semejantes. Ya en el año 2001 el investigador Marc Bekoff utilizó un estudio similar (“prueba de la nieve amarilla”) para medir las diferencias entre el tiempo que un perro olía su propia orina y el que dedicaba a oler la de otros individuos.

 

Con esa idea en mente, Cazzolla desarrolló la “prueba olfativa de auto-reconocimiento” (STSR, por sus siglas en inglés): recogió muestras de orina de cuatro perros distintos, y realizó cuatro pruebas durante un año. Tras una valla colocaba cinco muestras, cuatro con algodones manchados con la orina de los animales, y una con un algodón sin olor; luego, los animales entraban por separado durante 5 minutos al lugar, y se comprobaba el tiempo que dedicaban a cada muestra.

 

El experimento arrojó un resultado doble: los perros no solo dedicaron más tiempo a la orina de los otros animales, sino que a medida que su edad era más avanzada, le dedicaban menos tiempo también a su propia orina.

 

Se demuestra así que los perros no solo tienen conciencia propia (aunque se demuestre en su capacidad olfativa y no visual) y pueden reconocer su olor, sino que esa autoconciencia crece a medida que se hacen mayores, exactamente lo mismo que sucede en los seres humanos.

 

 

Un abandono del antropocentrismo

La demostración de que los perros tienen conciencia de sí mismos solo es un aspecto “práctico” del tratado. Lo que supone la investigación, en realidad, es una aproximación totalmente nueva a este cambio de estudio. El que un animal no pase una prueba como la del espejo no significa que no sea consciente de quién es, sino que resulta simplemente una constatación de que se están estudiando los estímulos incorrectos.

 

Por ello, el siguiente paso de los investigadores abre el camino a la innovación. Deberían desarrollarse nuevos test, cada uno centrado en los órganos sensoriales que cada animal tenga más desarrollados, para poder establecer con una certeza mayor si una especie tiene o no conciencia propia.

 

Urge abandonar la aproximación antropocéntrica en un estudio en el que, finalmente, los humanos no deberían ser el foco.

 

 

 

Referencia bibliográfica: Roberto Cazzolla Gatti. Self-consciousness: beyond the looking-glass and what dogs found there. Ethology, Ecology and Evolution (2015) DOI: 10.1080/03949370.2015.1102777

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