CONTINUACIÓN DE “UNA VISIÓN DEL UNIVERSO Y SU CREACIÓN” parte II

Mente

 

 

 

 

Pedro Jesús Ramírez Perdomo

Abogado Civil, Mercantil y Marítimo

Miembro de Rotary

Aficionado a la astronomía

VENEZUELA

 

 

 

Sobre las magnitudes estelares…

 

Mi mente revoloteaba en cada sueño, tenía alguien a mi lado explicándome lo que veía y me mostraba cosas fascinantes, con muchos detalles. Al despertar, debía escribir rápidamente todo, para no olvidarlo.

 

Allí participamos de los giros, hasta que nos hicimos tan pequeños que fuimos succionados por un átomo, y luego por un electrón que giraba a velocidades fantásticas y de una luminosidad increíble, a medida que nos acercamos se hacía inmenso y nosotros cada vez más pequeños, la velocidad se reducía y sin darnos cuenta estábamos en su superficie, como si estuviésemos en un desierto de la Tierra observando el Sol vespertino, pero que abarcaba casi todo el firmamento, con niebla y rayos como hilos eléctricos. Ese Sol giraba a nuestro alrededor, pero se me explicó que estábamos en una micro-partícula donde girábamos a su alrededor. Allí completamos tres giros, tan largos como si hubiese trascurrido tres días, con sus noches frías y su cielo dinámico y refulgente. Veíamos estrellas todas diferentes, con colores indescriptibles, emitían sonidos aterradores unos, suaves y melodiosos otros, parecía que nos observaban, dándose cuenta de nuestra presencia, como si nos dijesen algo que no podíamos captar.

 

Vimos muchas cosas imposibles de mencionar, hasta que fuimos despedidos violentamente, como elevados por un rayo, como una partícula fotónica. Pasamos por intrincados fuegos y volvimos a flotar en el espacio, veíamos muchas nebulosas en espiral con estrellas que bailaban como tomadas de sus manos, giraban sin descanso y se me explicó que existían estrellas dobles, que orbitaban entre sí. Habían estrellas gigantes girando con unas de menor tamaño y se me mostró a nuestro Sol, tan pequeño y opaco, que quedé pasmado. No podía comprender cómo el tamaño y fulgor de otras, fuese tan enormemente grande comparado con nuestro Sol. Se me dijo que las magnitudes estelares eran de grados ilimitados, tanto en tamaño como en brillo y en sonido, pues vimos el choque de ellas y hasta la explosión de una; fue aterrador. A su vez, nuestro sistema de planetas, con otros sistemas planetarios giraba alrededor de otra estrella mayor y estos a su vez, agrupados en galaxias, alrededor de otro centro mayor y así de manera sucesiva.

 

En la medida que nos deleitamos observando, crecimos tanto en conciencia, que cada galaxia y galaxias de galaxias se empequeñecieron a nuestra vista, vimos nebulosas de figuras hermosas y abarcándolas cada vez más, nos pareció haber estado dentro de un cerebro humano, con sus nervios y conexiones, transmitiendo fogonazos eléctricos. Recuerdo que me pregunté: ¿Estamos dentro de un gigante con pensamiento propio? Y todo se hizo tan pequeño que vimos las cosas dando vueltas a velocidades enormes, convirtiéndose en una esfera de una luminosidad imposible de soportar. Eso me aturdió tanto, que desperté sobresaltado.

 

En la descripción anterior, se presenta la teoría de que todo en el universo se mueve; que toda forma tiene un patrón común; que el tiempo es relativo; que todo, incluso las estrellas son diferentes entre sí. Sus brillos son distintos, llamados magnitudes, según la descripción del astrónomo griego Hiparco. La Magnitud depende de su tamaño y de su distancia de la Tierra, siendo las más brillantes las estrellas de primer tamaño o de primera magnitud y así de segunda, etc., en forma descendente, hasta la sexta magnitud o la más débil. Esas diferencias permitieron a los observadores o astrónomos antiguos darles nombres propios y ver en su conjunto a constelaciones como siluetas de personajes imaginarios que en sus leyendas se enfrentaban, luchaban, se unían o se reproducían. Unos veían las siluetas trazando líneas entre unas y otras o imaginaban figuras en las áreas oscuras a los trazados de las líneas estelares.

 

Ya los egipcios le habían dado nombre a las constelaciones, que fueron transmitidas a los babilonios, a los griegos, a los romanos y con sus cambios, a nuestros tiempos. Los árabes de la edad media le dieron nombres a muchas estrellas y así han sido transmitidas, como Aldebarán, Alnair, Algieba, Deneb o Denébola. En varias culturas antiguas vieron a nuestro SOL, nuestra más grande estrella, como un ser a quien adoraban, como fuente de vida.

 

Al inicio del siglo XVII las estrellas fueron nombradas con una de las 24 letras del alfabeto griego seguida de la constelación a la cual pertenecía, según la magnitud de su brillo. Por ejemplo Alpha Centauri, como la estrella más brillante a simple vista de la constelación del Centauro, que es un sistema de tres estrellas que se orbitan gravitacionalmente, a una distancia aproximada de 4,3 años luz de la Tierra, llamadas Alfa Centauri A, Alfa Centauri B y Próxima Centauri, que es una enana roja o la menos brillante de Sagitario, Omega Sagittarii. A este sistema de denominación se le llamó Código Bayer, en honor a Johann Bayer, quien lo introdujo y fue aceptado por la Unión Astronómica Internacional (IAU) y se ha mantenido en la actualidad con algunas variantes.

 

Según su apariencia en el firmamento, las estrellas son fijas, cuando por sí mismas no varían de posición, aunque siempre serán variables, pero por la gran distancia, pese a que se mueven a velocidades astronómicas, dan la apariencia de permanecer sin movimiento, al contrario de nuestro Sol, que por su cercanía a nuestro planeta, se considera una estrella variable, por su diferente posición durante el día, en la bóveda celeste. La luna, es un astro de posición variable, al igual que los planetas de nuestro sistema, que pueden identificarse por la ausencia de luz titilante.

 

Y así termina una visión que podrá ser ampliada por la imaginación del lector.

 

 

PEDRO JESÚS RAMÍREZ PERDOMO

pjrperdomo@gmail.com

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