TRATAMIENTO DE LAS ENFERMEDADES HEPÁTICAS

Cuerpo
José Luis Berdonces Serra
-Doctor en medicina
-Médico naturista
-ESPAÑA

 

 

La prevención, los hábitos dietéticos o los remedios a base de plantas medicinales son algunos de los aspectos a considerar en el tratamiento de las enfermedades hepáticas.

 

 

PREVENCIÓN

Se trata, sin lugar a dudas, del mejor tratamiento posible, especialmente de las enfermedades hepáticas graves. Como veremos, no existen en realidad medicamentos que sean realmente efectivos en la curación del hígado, ya que cuando este se encuentra afectado, lo que necesita es reposo en el sentido más amplio de la palabra (reposo de las funciones metabólicas, y reposo físico y mental).

 

Se han probado numerosos medicamentos para el tratamiento de la hepatitis y la cirrosis, pero la mayoría de ellos no han demostrado una utilidad apreciable. Se ha hablado mucho del uso del interferón en estas dos enfermedades (y muy especialmente en la hepatitis). El interferón fue descubierto en la década de 1960 por Isaacs y Lindenmann, quienes detectaron la presencia de una sustancia que, liberada por las células expuestas a un virus, tenía la propiedad de proteger a otras células de las infecciones víricas. El nombre ‘interferón’ procede de esta acción de interferencia. En casos de hepatitis agresivas, se administra interferón como tratamiento, sin embargo, debemos valorar cómo se descubrió y qué es realmente esta sustancia.

 

El interferón realmente efectivo es el que se produce dentro de una misma especie y para un virus determinado (casi no son efectivos los aislados de otras especies animales). El tratamiento naturista intenta reforzar las células del propio organismo para que ellas mismas pro-duzcan el interferón. La administración externa de esta sustancia solo ha demostrado tener un efecto parcial y transitorio, que tan solo retrasa discretamente la evolución de las afecciones del hígado.

 

 

HÁBITOS DIETÉTICOS

La dieta moderna, rica en grasas saturadas, incrementa el riesgo de padecer una degeneración grasa del hígado o una alteración biliar. Por otro lado, una dieta rica en fibra vegetal (especialmente la insoluble) lo protege, al estimular el flujo y la eliminación de la bilis. La dieta vegetariana está especialmente indicada en las personas que padecen del hígado. Tanto en los casos leves como en los más graves, abstenerse de comer algunos productos animales (carne, pescado, etc.) y reducir el consumo de otros (leche, huevos, etc.) es altamente beneficiosa.

 

Una dieta con pocas proteínas reduce la posibilidad de aparición de afecciones del sistema nervioso (encefalopatía hepática) en personas con dolencias hepáticas graves. También está indicado tomar alimentos ricos en antocianidinas, que son los pigmentos de color azul que presentan numerosos alimentos (especialmente las frutas) como arándanos, moras, uvas rojas, etc. Las antocianidinas pueden reducir la peroxidación de las grasas, especialmente en personas alcohólicas, por su capacidad de neutralizar los radicales libres, moléculas nocivas que destruyen la membrana celular de los hepatocitos. A causa de ello, se ha difundido la noticia de que el vino tinto es bueno en pequeñas cantidades, debido a que sus pigmentos son ricos en estas sustancias. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en casos de alcoholismo o de enfermedades hepáticas más importantes, el efecto nocivo del alcohol supera con creces los beneficios que aportan las antocianidinas. En estos casos quizás será mejor tomar mosto de uva negra.

 

 

ALIMENTACIÓN SALUDABLE PARA EL HÍGADO Y LA VESÍCULA

 

Pueden comerse libremente:

 

* Frutas del tiempo, sean dulces o ácidas.

 

* Frutos secos (almendras, avellanas, nueces, cacahuetes, higos, dátiles, uvas, ciruelas secas, orejones de melocotón o albaricoque).

 

* Cereales (trigo integral, cebada, arroz integral, centeno avena y maíz, pan y pastas integrales, trigo germinado, cuscús).

 

* Legumbres frescas, sean crudas o cocidas (caldos de legumbres y cereales).

 

* Cualquier verdura, en especial alcachofas, cardo, endivias y escarola amarga.

 

* Aceites vegetales de primera presión en frío (aceite de oliva

virgen extra).

 

* Plantas aromáticas, especialmente el romero miel (la miel de romero ejerce un discreto efecto estimulante sobre el hígado).

 

* Agua con limón.

 

 

Conviene comer con moderación:

 

* Soya, guisantes y judías verdes, así como legumbres secas.

 

* Mantequilla.

 

* Sémola blanca de trigo y tapioca.

 

* Mayonesa.

 

* Mermelada.

 

* Azúcar de caña.

 

* Pastelería casera.

 

 

Se restringirá el consumo de:

 

* Pastelería en general y especialmente la industrial.

 

* Chocolates.

 

* Alcohol.

 

* Café.

 

* Tabaco.

 

* Embutidos y carne de cerdo.

 

* Carnes grasas en general.

 

* Pescado azul.

 

* Alimentos fritos y rebozados.

 

 

 

LA CURA DEL ACEITE DE OLIVA

Desde hace muchos años, se propugna un original tratamiento naturista para disolver los cálculos biliares. Se trata de la cura de aceite de oliva y limón. El método es el siguiente: cada mañana en ayunas se tomará una dosis de una o dos cucharadas de aceite de oliva virgen, de presión en frío, junto con una cantidad equivalente de zumo de limón. Esta toma se puede repetir tres o cuatro días. Hay médicos, sin embargo, que han llegado a proponer la ingestión de cantidades tan bárbaras como medio litro de aceite en una dosis.

 

Hay que ser prudente en la aplicación de esta cura. En muchos casos, las personas que toman este remedio creen eliminar los cálculos cuando en realidad expulsan aglomerados jabonosos producidos por la interacción del cuerpo oleoso con los jugos intestinales o bien sustancias producto de la digestión intestinal. Otro inconveniente surge cuando los cálculos son muy grandes y se produce una obstrucción del conducto colédoco. Este remedio no los disuelve, sino que ocasiona una contracción enérgica de la vesícula producida por la ingestión de una buena cantidad de grasa en ayunas. Si el cálculo es relativamente pequeño, la contracción puede ocasionar su expulsión a las heces; sin embargo, cuando es grande se corre el riesgo de provocar un cólico biliar de notable importancia, o lo que es peor, incluso reventar la vesícula cuando se produce una obstrucción grave. Este tipo de curas debe realizarse durante poco tiempo, en cantidades moderadas y no ha de seguirse si los cálculos son excesivamente grandes.

 

 

 

CATAPLASMAS

La aplicación de cataplasmas de arcilla sobre la zona del hígado puede ser de utilidad para aliviar los dolores y para estimular moderadamente la función hepática. Se pueden poner cataplasmas de arcilla caliente, dos o tres veces por semana, dejándolas unas dos horas como mínimo. También son útiles las cataplasmas de hoja de col machacada, en cuyo caso se aplicarán a temperatura ambiente y de un modo similar al de la arcilla.

 

 

MENÚ

 

Mañana

Fruta fresca o seca o pan integral con miel + infusión de tomillo, romero y boldo o sopa de legumbres.

 

Mediodía

Fruta del tiempo. Ensalada variada. Hortalizas cocidas. Queso o cuajada con frutos secos y miel de romero.

 

Noche

Fruta del tiempo. Verduras salteadas. Legumbres o verdura hervida con papas (hervidas o al vapor). Cuajada, yogur natural o requesón magro y miel. Tortilla francesa, esporádicamente.

 

 

 

REMEDIOS FITOTERAPÉUTICOS

La fitoterapia ofrece un sinfín de remedios que pueden ayudar a combatir las enfermedades hepáticas. Según los síntomas y el tipo de dolencia, habrá que optar por un tipo u otro de preparaciones.

 

Entre las distintas plantas medicinales que actúan como tónicos amargos tenemos las siguientes:

 

* Alcachofa (Cynara scolymus). La parte medicinal de la alcachofa son las hojas de las plantas que solo tienen un año. Hay que tener en cuenta que lo que nos comemos de la alcachofera son los receptáculos florales inmaduros, que se presentan en las plantas durante el segundo año de evolución. Curiosamente, las hojas más ricas en cinarina (principio activo) son aquellas que más maltratadas han sido, como si esta sustancia aumentase durante los procesos de regeneración vegetal de las hojas. Su componente principal, la cinarina, no solo regula el flujo biliar, sino que tiene una acción reductora del colesterol. La infusión o decocción de hojas de alcachofa es intensamente amarga, pero la mayoría de los tónicos para el hígado lo son. Se recomienda tomar sus tisanas frías o algo tibias para disimular en lo posible su mal sabor.

 

* Achicoria (Cichorium intybus). La raíz de achicoria también posee un sabor amargo. La raíz, tostada y molida, puede tomarse como sustituto del café. Ambas sustancias regulan la bilis, si bien esta última es perjudicial en personas nerviosas porque puede producir un espasmo en la vesícula biliar y obstaculizar el flujo.

 

* Diente de león (Taraxacum densdeonis). El diente de león es una de las plantas más utilizadas para depurar el hígado. Además es dis-cretamente diurética (estimula el flujo urinario). Se trata de una planta muy común que con frecuencia invade huertos y jardines, por lo que se la considera una mala hierba. Su nombre se debe a la forma del borde de sus hojas, aguzadas en forma de diente. Diversos estudios afirman que la toma de diente de león puede doblar la afluencia de bilis y mejorar los procesos de congestión hepática.

 

 

TISANA PARA ESTIMULAR LA PRODUCCIÓN DE BILIS (ESPECIAL PARA PROBLEMAS HEPÁTICOS DE LARGA EVOLUCIÓN)

 

 

Ingredientes

* Alcachofa (Cynaascolynus)

 

* Cardo mariano (Silybtmr inarianum)

 

* Diente de león (Taaxactmt dens-leonis)

 

* Genciana (Gentiana lutea)

 

 

Elaboración y posología

Se ponen a hervir tres cucharaditas de la mezcla por taza, durante cinco minutos y se dejan reposar otros tantos. Si se desea, se puede endulzar con miel de romero.

 

* Genciana (Gentiana lutea). La genciana es una planta de uso milenario en el tratamiento de las digestiones lentas y pesadas. En fitoterapia se la denomina “tónico amargo”. De la genciana se han hecho numerosas fórmulas a través de los siglos y muchos licores aperitivos. Sin embargo, tendremos la precaución de no arrasar con ella cuando la veamos en el campo, ya que la recolecta de la raíz mata toda la planta. Para su uso medicinal, deberían escogerse especies provenientes exclusivamente de cultivo o bien de zonas donde crece abundantemente.

 

 

Entre las plantas que actúan como coleréticos y colagogos destacan:

 

* Cúrcuma (Curcuma tonga, C. xantorrhiza). La cúrcuma es un colorante alimentario amarillo de origen natural con propiedades medicinales muy interesantes. Se trata de la sustancia que da el color característico al curry de la India, una compleja mezcla de varias plantas diferentes. No debemos confundirla, sin embargo, con el colorante amarillo más vulgar, la tartracina, un producto de origen químico que nada tiene que ver con esta valiosa planta medicinal. La cúrcuma se puede comprar en las tiendas de dietética o en las casas de especias y su uso no debe ser necesariamente en cápsulas o infusiones, sino que se puede emplear como colorante alimentario (en sopas, arroces, papas, etc.). La ingesta de cúrcuma estimula la secreción de bilis por parte de la vesícula, pudiendo incluso duplicarse la cantidad secretada. Esto provoca una disminución de la concentración de las diferentes sales biliares, lo cual ayuda a disolver (lentamente, eso sí) los cálculos de la vesícula.

 

* Boldo (Peumus boldus). Este árbol, originario de Chile, posee propiedades amfocoleréticas, es decir, reguladoras del flujo biliar. Parece ser que aumenta el flujo biliar si este es deficiente y lo disminuye si es excesivo, por lo que no puede considerarse un estimulante simple de la secreción de bilis. Secundariamente tiene un efecto algo sedante, lo cual beneficia el funcionamiento de la vesícula, relajándola y disminuyendo, aunque sea ligeramente, el riesgo de padecer un cólico hepático. A todo ello se une su agradable sabor, cosa un poco extraña en los remedios vegetales para el hígado, que suelen ser amargos y desagradables al gusto. Por este motivo, el boldo se añade a la mayoría de las formulaciones para el hígado a fin de mejorar también su sabor.

 

Entre las plantas que actúan como protectores hepáticos tenemos:

 

* Cardo mariano (Silybum marianum). Sin lugar a dudas, el cardo mariano es la planta de mayor interés en el tratamiento de numerosas afecciones del hígado. No existe ninguna medicación, ni natural ni sintética, que haya demostrado de forma fehaciente una capacidad de regeneración del hígado en problemas graves. Ninguna, excepto el cardo mariano, que en estudios realizados en Alemania demostró ser capaz de reducir la mortalidad en personas intoxicadas con setas venenosas, que producen una lesión directa de la célula hepática. Existen numerosísimos estudios que demuestran su eficacia relativa. La mayoría de estudios científicos han sido realizados con estos extractos.

 

La silimarina, presente en el cardo mariano, es una sustancia de la familia de los flavolignanos con una potente actividad antioxidante (destruye los nocivos radicales libres) y se ha recomendado espe-cialmente en el tratamiento del alcoholismo, la hepatitis y la cirrosis. No solo regula los niveles alterados de transaminasas, sino que mejora la función del hígado y ayuda a regenerar los hepatocitos, las células básicas del tejido hepático.

 

Del cardo mariano se consumen las semillas, que se pueden tomar en forma de comprimidos, extractos o polvo, o también en decocción (que a diferencia de la infusión, precisa de una cocción de unos cinco a diez minutos para que el agua extraiga correctamente los principios activos de la planta).

 

* Regaliz (Glycyrrhiza glabra). La raíz de regaliz contiene glicirricina, una sustancia que una vez dentro del cuerpo se transforma en ácido glicirretínico, el cual tiene una intensa actividad antiviral y antiinflamatoria. La dosis recomendada es de 0,8 a 1 g diario de glicirricina, lo cual equivale a unos 8 ó 12 g de raíz al día. Sin embargo, el uso de la regaliz no es tan inocuo como parece, ya que a estas dosis puede provocar retención de agua y sodio en el organismo, elevar la tensión arterial y reducir los niveles de potasio, debido a que suprime una hormona denominada aldosterona. Si se toma en grandes cantidades, se pueden paliar sus efectos siguiendo una dieta muy rica en potasio y pobre en sodio; de esta forma, los efectos indeseables de la regaliz incluso se pueden suprimir, según comenta el doctor Baron, en la prestigiosa revista British Medical Journal. Parece ser que, si se toma con glicina y cisteína, estimula la función hepática y ejerce una actividad parecida a la del interferón.

 

 

 

TISANA- PARA REGULAR EL FLUJO BILIAR

 

Ingredientes:

 

* Boldo (Peumts boldus)

 

* Celidonia (Chelidoniurn majus)

 

* Fumaria (Fumaria oicinalis)

 

* Romero (Rosmarinus officinalis)

 

 

Elaboración y posología

Se ponen de dos a tres cucharaditas de la mezcla por taza de agua hir-viendo y se deja reposar unos minutos.

 

* Nuez de Areca o catechu (Areca catechu). Esta planta, originaria de la India, denominada también “nuez de Betel”, ha sido utilizada desde la más remota antigüedad en la zona indomalaya como masticatorio para corregir el aliento y fortalecer las encías. Es una planta muy rica en catequinas y en cianidanol (una sustancia de la familia de las antocianidinas). Mientras que el uso exagerado de las catequinas puede producir efectos secundarios indeseables, la administración de cianidanoles se ha demostrado efectiva en la prevención de las recaídas de la hepatitis crónica activa (especialmente la hepatitis B). Los niveles de transaminasas (GOT y GPT) se redujeron notablemente tras la administración de estos cianidanoles en numerosos estudios realizados por diversos autores, como los doctores Blum y Piazza.

 

* Phyllantus amaras. Se trata de una planta de origen asiático que ha demostrado su eficacia volviendo negativos los análisis positivos de aquellos portadores del virus de la hepatitis que todavía no habían desarrollado esta enfermedad. Algunos autores la han probado, con éxito relativo, en el tratamiento de la hepatitis B.

 

 

 

ENFERMEDADES HEPÁTICAS MÁS IMPORTANTES

 

Hepatitis

El término significa literalmente “inflamación al hígado”, la cual puede ser inespecífica (producida habitualmente por el consumo excesivo de alcohol) o bien tener un origen vírico, lo que es mucho más frecuente. Se han identificado cinco virus causantes de la hepatitis vírica, que se nombran mediante las cinco primeras letras del alfabeto. Las más habituales son las tres primeras, las hepatitis B y C son las más importantes debido a que presentan una mayor agresividad sobre el tejido hepático.

 

La hepatitis suele iniciarse en forma de fatiga insidiosa y malestar general, sin que haya ninguna relación con un esfuerzo externo. Antes de presentarse la ictericia, que puede durar unos pocos días o varias semanas, suele haber falta de apetito y en ocasiones náuseas y vómitos.

 

En la segunda fase se produce la coloración amarilla de la piel y las mucosas (ictericia), mientras que las heces adquieren un color claro (por falta de bilis) y la orina un color oscuro (por exceso de bilirrubina). Tras pasar esta fase aguda, se establece un proceso de convalecencia muy largo.

 

 

Cirrosis

Esta enfermedad era conocida desde la antigüedad. Se sabe que Erisístrato, en el año 300 a. C., ya la definió como el “hígado duro y pétreo”.

 

En realidad, el proceso de la cirrosis es una degeneración del hígado que cursa con formación de nódulos fibrosos, debilidad o muerte de las células hepáticas y formación de tejido fibroso difuso, que ocasiona una progresiva pérdida de funcionalidad en el hígado y que en ocasiones puede acabar con la vida de la persona afectada.

 

La cirrosis en general suele aparecer como consecuencia de otras enfermedades que han afectado previamente al hígado, como una hepatitis, lesiones debidas a la ingestión de agentes tóxicos (especialmente por el efecto del alcohol) u otras enfermedades menos conocidas.

 

Los casos iniciales de cirrosis no suelen dar ningún síntoma alarmante, ya que el hígado tiene una buena reserva funcional y puede mantener el equilibrio orgánico mientras no esté demasiado descompensado. Cuando esto ocurre y se descompensa, aparecen síntomas como la halitosis (mal aliento), la ictericia (coloración amarilla de las mucosas), el dolor abdominal, la fiebre o las hemorragias, entre otros.

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