HAY ESPERANZA PARA QUIENES PADECEN ENFERMEDADES DEL CEREBRO

Cuerpo

 

 

Por Stanley B. Prusiner

Neurólogo de la Universidad de California, filial de San Francisco. El Dr. Prusíner recibió el Premio Nobel de Medicina en 1997 por su revolucionario descubrimiento de una nueva clase de agentes patógenos llamados priores.

 

 

Espero que en un futuro no muy lejano los científicos biomédicos hayan podido desarrollar curas para las enfermedades degenerativas del cerebro. Si no tenemos éxito en esa búsqueda, los sufrimientos causados por males como el Alzheimer, Parkinson y Creutzfeldt-Jakob (de las vacas locas), así como por el ALS (enfermedad de Lou Gehrig), alcanzarán proporciones epidémicas. ¿Por qué? Pues porque la incidencia de las enfermedades neurodegenerativas se eleva con la edad, y estas afecciones se volverán cada vez más comunes en la medida en que se incremente la esperanza de vida de nuestra población. Si no se encuentran curas, estas enfermedades del cerebro van a constituir un enorme problema de salud en los países desarrollados, donde las personas de más de sesenta y cinco años representan el segmento poblacional de más constante crecimiento.

 

La creciente ocurrencia del mal de Alzheimer, un trastorno mucho más extendido que las otras tres enfermedades neurodegenerativas, es en la actualidad preocupante. Un reciente estudio documentó alrededor de cinco millones de casos de Alzheimer en Estados Unidos. Solamente unos 200.000 ocurren en personas de 64 años o menos. La cantidad se eleva a 300.000 en el grupo de 65 a 74 y a 2,4 millones de 75 a 84. Entre los estadounidenses de 85 años o más, 2,2 millones sufren de Alzheimer. Para describirlo en términos un poco diferentes, 2% de los estadounidenses entre 65 y 74 años padecen hoy el mal de Alzheimer. Dicha incidencia se eleva alrededor del 20% en el grupo de 75 a 84 años y un sobrecogedor 42% entre los de 85 años o más.

 

Si no encontramos una cura, el problema de la degeneración cerebral solo empeorará a medida que envejezca la población del laneta. Esta no es una cuestión solamente norteamericana. Si nos adelantáramos cincuenta años y echáramos un vistazo a la China del futuro veríamos cómo la población de más de ochenta años se habría incrementado de doce a cien millones de personas, según estadísticas de las Naciones Unidas. En ese grupo de edades el mal de Alzheimer saltará de cuatro millones en la actualidad a unos treinta y cinco millones. ¡Es imposible ignorar esa cantidad de personas!

 

El costo de una enfermedad tan debilitante y extendida es descomunal y no se limita a las víctimas. En Estados Unidos la pérdida de productividad, tanto en lo que concierne a las víctimas del mal de Alzheimer como a quienes cuidan de ellas, totaliza la abrumadora cifra de 150.000 millones de dólares anuales, según los Institutos Nacionales de la Salud. Si no le encontramos una cura, el Alzheimer -sin contar las otras tres enfermedades neurodegenerativas menos frecuentes- llevaría a la economía de Estados Unidos a la bancarrota.

 

Y no parece que estemos cerca de encontrar la solución para las enfermedades degenerativas del sistema nervioso. De hecho, el último gran avance en esta área fue el desarrollo de la L-dopamina para el tratamiento del mal de Parkinson en 1967.

 

Si bien no nos hemos acercado al descubrimiento de las curas para estos cuatro males degenerativos del cerebro, sí hemos recorrido un largo tramo en la comprensión de su naturaleza. Ahora sabemos que a estas cuatro y a otras enfermedades neurodegenerativas las une un hilo conductor común: una deficiencia en el procesamiento de las proteínas. Pero en cada una de ellas la proteína mal procesada es diferente.

 

Y aunque hemos aprendido bastante sobre la relación entre el procesamiento deficiente de las proteínas y las enfermedades degenerativas del cerebro, aún no sabemos por qué el mal de Alzheimer es cinco veces más común que el Parkinson; ni por qué el Parkinson es mucho más común que el ALS; o por qué es mucho mayor la incidencia del ALS que la de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob.

 

Entonces, ¿cómo podríamos hallar las curas para estas enfermedades neurodegenerativas que causan tanto sufrimiento a tantas personas? Algo que está claro es que no encontraremos un medicamento único que pueda combatir efectivamente las cuatro. Debido a que la raíz del mal es una proteína diferente en cada una, habrá que encontrar para cada una un fármaco diferente.

 

Los científicos se esfuerzan por desarrollar drogas de acción específica sobre las proteínas causantes de cada una de estas dolencias y contemplan principalmente dos enfoques: uno es bloquear el procesamiento defectuoso de la proteína específica o impedir su comportamiento defectuoso; el otro consiste en deshacer-se de la proteína mal procesada o eliminarla del cerebro.

 

Algunos hombres de ciencia esperan hallar la clave de la cura de estas enfermedades neurodegenerativas en las células madre. Pero el tratamiento con células madre parece mucho más factible en otras enfermedades como la diabetes. Hasta ahora, no sabemos cómo estimular a las células madre para que establezcan las conexiones o sinapsis apropiadas después de ser inyectadas en el cerebro. Y no parece probable que aprendamos en un futuro cercano a dar instrucciones a estas células una vez que se convierten en neuronas. Será necesario aprender a inducir las conexiones exactas que restablecerían las funciones dañadas por la degeneración de las neuronas originales, en virtud de la acumulación de proteínas mal procesadas. ¿Aprenderemos en un futuro próximo a regenerar el tejido cerebral poblándolo con células madre? ¡No es posible predecirlo! A veces los científicos hacen grandes descubrimientos, pero no son tan buenos pronosticándolos. Los más complejos no son ni predecibles ni obvios, incluso para los eruditos.

 

Una de las claves para el tratamiento de las enfermedades neurodegeneratívas será su detección temprana. Esto es importante debido a que una vez que los síntomas se hacen evidentes, el cerebro ha sufrido una extensa degeneración. Para qué sea más efectiva, es necesario que la droga sea administrada antes de que los síntomas se hagan visibles. Esto implica un amplio uso de procedimientos diagnósticos entre personas de la tercera edad aparentemente saludables.

 

Por fortuna, en las últimas tres décadas hemos dado grandes pasos en el diagnóstico de las enfermedades neurológicas y algunos pueden ser aplicados a las enfermedades neurodegenerativas. Tecnologías de imagen entre las que se incluyen la resonancia magnética (MRI) y la tomografía por emisión de positrones (PET), podrían resultar útiles en la detección temprana de la degeneración cerebral. En particular, las imágenes PET ofrecen muchas posibi-lidades para apuntar a las proteínas específicas involucradas en cada una de estas afecciones.

 

Como científico que ha dedicado muchos años al estudio del desarrollo de curas para las enfermedades neurodegenerativas, tengo la ferviente esperanza de que el cuadro que veremos dentro de un futuro cercano no presente a decenas de millones de personas aquejadas de Alzheimer y otros males similares. Como cada año envejezco un poco más, aumentan mis esperanzas de que estas dolencias que inhabilitan el cerebro sean pronto erradicadas, mediante la creación de fármacos para las proteínas específicas que las provocan.

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